RULETA RUSA

JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

El simplismo intelectual y las manías publicitarias o mercadotécnicas de la cultura mexicana soportan mal a los creadores prolíficos y polifacéticos. Toleran sólo a quienes saben hacer ligeramente una sola cosa. Se ve mal que un compositor además ejecute su música él mismo; que cante, que actúe peor aún si sus canciones tienen rango cultural o intelectual, y virtudes literarias. Las empresas, el público y los medios se hacen bolas, como un elemental navegador de Internet: ¡use un solo rango, una sola clave, porque de otra manera nos congestiona el sistema!


Desde los inicios mismos de su carrera, Jaime López se enfrentó a esta campaña para ningunearlo o de plano negarlo precisamente a causa de la riqueza de su obra. "¡Ésas no son canciones, sino poemas cultos!", decían los cancioneros envidiosos; "Ésos no son poemas, sino canciones", añadían los poetas díscolos; "Sus letras son muy intelectuales para la radio", gritaba un locutor; "Su discurso pertenece a la cultura popular, no a la alta cultura", conjuraba el apolillado académico.


Piensa mucho cuando canta, canta mucho cuando toca; hace mucha poesía en el rock, escribe demasiado rock en sus poemas; es muy tropical para rockero y muy norteño para tropical; demasiado filosófico para alburero, demasiado alburero para filósofo; "Se pasa de lingüista", se quejaban los músicos; "Se pasa de músico se quejaban los lingüistas.


La verdad, por el contrario, es muy escueta. Jamás ha existido en el mundo el verdadero creador de una sola cosa. Siempre se crea en abundancia y con amplio rango; siempre se hacen varias cosas al mismo tiempo, o de plano no se hace ninguna. Las letras de Bob Dylan, de los Beatles, de los Rolling Stones aparecen en las rigurosas antologías de poesía inglesa de Penguin Books. Borges escribió milongas. Los contemporáneos secretamente componían boleros. Lope de Vega, Góngora y Quevedo urdieron poemas para que fueran cantados. Salvador Novo le pedía al soneto las libertades de la carpa. Bertold Brecht hacía al mismo tiempo poemas, literatura y comedia musical, sin olvidar las funciones ideológicas que le exigía al teatro. Sor Juana Inés de la Cruz filosofaba, albureaba, actuaba, discutía y se interesaba por la música en los mismos poemas. Yo sospecho que nuestra buena monja también cantaba y tocaba algún instrumento. Y que trasnochada solitariamente en el antro punk de su propia celda en San Jerónimo.


Hace unos quince años Jaime López permitió, después de muchas discusiones, que Rafael Pérez Gay, algunos amigos y yo publicáramos un breve cancionero suyo en un suplemento cultural. Recuerdo que se resistía y accedió sólo por amistad generosa. Estaba hasta la coronilla de que lo clasificaran como "poeta urbano". "¡Yo no hago poemas, carajo, sino canciones!", me dijo alguna vez, en el sentido de que poemas facilotes como los que se estilaban -y se siguen estilando- en nuestros rumbos, cualquiera los hace; pero saber medir los versos, combinar la sonoridad y el sentido de las palabras, hacer en fin que la poesía cante, ya era otra cosa. Yo le insistía, sin embargo, que los malos poetas mexicanos contemporáneos no eran argumento contra la poesía. Y menos contra la castellana, surgida precisamente para ser cantada, como en tantos textos de Gil Vicente, de Góngora, de Quevedo, de Lope de Vega.


Ésta es una primer clave para explicarse la riqueza en cuanto a la poesía Lírica (Cal y Arena, 19777) de Jaime López. Su conocimiento profundo de los poemas castellanos en el Siglo de Oro. Es un rockero de la escuela de Góngora y de Lope de Vega. Como los poetas de entonces, y a diferencia de los de ahora, López domina la música del verso, la técnica de versificación más compleja, con un oído métrico virtuosísimo que no recuerdo en la literatura mexicana desde los tiempos de Díaz Mirón.


Este rockero de la escuela de Lope de Vega es también un alburero fronterizo que sueña en Matamoros a ambos Dylan, Bob y Thomas, pero con resonancias caribeñas de cumbia. Sólo que sus cumbias no olvidan el panfleto, como no olvidaban los poemas de Quevedo, y sin dejar de bailar, y más bien sincopando al baile, entran a cuento las discusiones políticas ideológicas, sentimentales... ¿Porqué resistirnos a ello? ¿Prescinden acaso de ellas los corridos o los sones?


Este beatnik cervantino del lado costeño de la colonia Portales; este Góngora fronterizo y tropical, este Lope de Vega sobre el asfalto; este Quevedo armado de un conjunto de rock, no se conforma pues con hacer música, maroma y poesía. Es además un cuentero. Un infante Don Juan Manuel en la calzada de Tlalpan, gustoso de inventar cientos de historias en sus canciones, y nos ofrece un Conde Lucanor bien defeño pero tamaulipeco, con su Golfo de México muy oaxaqueñamente establecido en Nueva Orléans.


En muchas de sus canciones hace poesía mediante el atrevido recurso de contar cuentos -de cantar cuentos-, o novelas o dramas sucintos. ¡Cuantas historias con personajes, ambientes, tramas completas! Claro que esos cuentos quieren además ser comedias, comedias musicales. Sketches en dodecasílabos perfectos. La carpa del endecasílabo. Sus antros de rock a toda batería y resonante bajo en los sonetos. Y esas comedias musicales también le cortan un gajo a la sátira y a la caricatura, en la tradición del Gallo Pitagórico y Guillermo Prieto.


No hay pues creadores pobres. Es una contradicción de término. "¡Creador, a crear -decía Rubén Darío-, y que cuando una musa dé a Luz, queden las otra ocho encinta!". Ahora festejamos a un Jaime López de papel, en libro, pero aquí no están lejos de la musa libresca las musas musicales, cómicas, teatrales o intelectuales. Este coro de musas cachondas asisten a esta celebración acompañadas de Joaquín Pardavé, de Tin-Tan, de Vitola, de Jim Morrison, de Janis Joplin, de María Victoria, de W. H. Auden y de Ibargüengoitia.


Una última acotación. Hablaba al principio de que la riqueza en la obra de Jaime López se ha resuelto, en el simplismo y la gazmoñería nacionales, como un ninguneo. Cada una de sus virtudes es usada para negar a las otras. Pero hay una extravagantemente negada contra toda evidencia. La virtud del cronista.


A mediados de los años ochenta se puso de moda el oficio de "cronista urbano". Todo mundo era cronista, todo mundo hacía crónicas de la ciudad. Creo que fueron festejados en tal caridad como quinientos cronistas. Ya nadie se acuerda de ellos. El embuste cayó por su propio peso. Lo que sí hubo fue un puñado de escritores serios que se propusieron hacer relatos o ensayos profesionales, bien escritos, bien pensados, a propósito de la vida cotidiana de la ciudad, de nuestros imposibles sueños de modernización, vida placentera y libre en los mundos del asfalto nocturno. Esto desde los años setenta.


Esos cuatro o cinco auténticos cronistas urbanos no ignoraban un texto modelo, la mejor crónica que se ha escrito en décadas sobre la ciudad de México. Era una canción: "La primera calle de la soledad". Ése fue simultáneamente el origen y la coronación de la crónica urbana en México.